martes, 25 de febrero de 2020

Volar - 30/01/20

Desde que tengo uso de razón recuerdo a mis alas atrofiadas, magulladas. Nunca intente extenderlas, miedo, incertidumbre, no lo sé con certeza; pero no intentaría elevarme. Un día me di cuenta que tenía un par de grilletes en mis tobillos. Busque en mi interior fuerza y coraje que estaba demasiado oculto, pero así logre romper las cadenas que me unían a la tierra y sin darme cuenta me estaban lastimando. Fue osado cortarlas y en el intento que no lastimar a nadie. Empecé a volar pero no demasiado alto, muy de a poco y sin guía, pero siempre cerca del suelo. Disfrutaba del paisaje, podía llegar más lejos que antes pero aun conservaba en el fondo miedo de desplegar mis alas en todo su esplendor, miedo de lastimarme, miedo de que duela, miedo de todo.

Un día la vida se encargó de ese miedo, me arrancó una de mis alas, si bien me dolió no fue tanto como el dolor que imaginaba. Por primera vez en mucho tiempo no me sentía temerosa o defectuosa o rota. La vida me empujo por un acantilado, de esos a los que no me quería acercar por miedo. En ese momento tuve que desplegar mi única ala, y de pronto estaba volando. Por primera vez sentía que no estaba incompleta, la contrario me sentía más completa que en toda mi vida; por primera vez me sentía totalmente libre. El viento me sostenía, me elevaba. Mi ala se agitaba, la ví por el rabillo del ojo, tan brillante, colores translúcidos y metalizados, con bordes afilados, pero texturas plumosas; hermosa por donde se la vea. En ese momento ver la tierra desde arriba me pareció hermosa, tanto que nunca la quise volver a pisar. Así es como decidí que nunca dejaría de volar por nada ni por nadie.